jueves, 6 de agosto de 2020

EL CINE CON EL TIEMPO | Sobre la fe y 'Señales'


Aún me acuerdo del día en el que encontré el DVD de Señales (Signs, 2002) en casa de un amigo mío. Recuerdo cómo, sin poder esconder mi asombro, lo señalé con el dedo - respetando una distancia más que prudencial por temor a estropearlo - mientras le repetía con entusiasmo a mi amigo lo afortunado que me parecía que tuviese uno de esos discos que decían desbancaría al VHS y que encima éste fuese el de Señales. Y es que para aquel crío de doce años, el cuarto trabajo de M.Night Shyamalan había sido un descubrimiento. No sólo se trataba - por entonces - de una de las películas más terroríficas que había visto hasta la fecha, sino que además esa discutida obra de ciencia ficción se terminaría convirtiendo en una de las responsables de que, con el tiempo, desarrollase un especial interés por la industria del cine.

Dieciocho años más tarde, Señales ya no es la película más terrorífica que he visto, pero sí sigue siendo uno de los filmes a los que más estima les guardo. He llegado a pensar que gran parte de la culpa habría que atribuírsela a la nostalgia, pero ese argumento siempre termina derrumbándose cuando compruebo que la fascinación que una vez sentí por títulos como Star Wars: La Amenaza Fantasma (Star Wars: The Phantom Menace, 1999) ahora es apenas perceptible. Y aunque siempre he pensado que algo raro tenía que haber en esa extraña devoción que siento por un filme que, entre conocidos y crítica, siempre ha sido visto sin pena ni gloria, no hay ocasión en la que vea algún fragmento de la película sin que se agudicen todos mis sentidos. Y es que, muy en contra de lo que muchos opinarán, lo que más me llama la atención de Señales es que su principal objetivo no sea incidir en la invasión alienígena como sí hacen La Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2005) o Invasión a la Tierra (Battle: Los Angeles, 2011), sino presentar la historia de cómo un hombre que ha perdido la fe intenta volver a dotar de sentido a su vida. 

En Señales la invasión alienígena sólo funciona como telón de fondo. Gracias a las distintas señales que este incidente deja tras de sí, Graham Hess (Mel Gibson), antiguo sacerdote anglicano que se encuentra sumido en una profunda crisis espiritual, debe decidir si, tal y como le pregunta a su hermano Merrill (Joaquin Phoenix), él es de las personas que cree en giros de azar o en milagros. Y aunque al empezar la película uno piensa que Graham está convencido de que Dios no existe, la aparición de aquellos extraños trazos en el maizal, la obsesión de la pequeña Bo (Abigail Breslin) con los vasos de agua, las últimas palabras de su difunta esposa o el ataque de asma de Morgan (Rory Culkin) ponen a prueba su escepticismo. Lo que muchos interpretarían como meras coincidencias que, por fortuna, contribuyen a que los protagonistas salgan indemnes de lo que parecía ser su sentencia de muerte, puede ser visto por tantos otros - y con la misma validez - como pruebas de que hay algo más en el universo que nos ayuda a salir adelante, a perdurar y a darle sentido a nuestras vidas (en el caso concreto del protagonista, Dios). Por eso mismo Señales no es ni una película de terror ni un filme sobre una invasión alienígena, sino un excelente drama sobre lo que significa tener fe.

El problema fue que, tal y como pasó años después con El Bosque (The Village, 2004), las intenciones de Shyamalan con Señales se malinterpretaron por culpa de El Sexto Sentido (The Sixth Sense, 1999). Si bien es cierto que la historia del crío que veía muertos funcionó como un excelente catalizador para la carrera del cineasta, flaco favor le hizo a sus siguientes trabajos, cuyas campañas de marketing no hicieron más que alimentar las expectativas de un público que sólo buscaba ser asustado con todos y cada uno de los trabajos del director. Por eso, y a pesar de que el estilo narrativo y contenido de tanto Señales como El Bosque son meritorios para como está una industria que se retuerce por generar productos originales, su legado ha sido francamente pobre. Una ironía más de lo que era - y es - Hollywood.


Jerry

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