Ahora me doy cuenta de que lo que más me gustó de Stranger Things (Hermanos Duffer, 2016) no fue el uso de nostalgia ochentera para satisfacer a las generaciones nacidas hace treinta o cuarenta años, sino lo efectiva que era la química de todo su reparto. Y es que, aunque esta historia de dimensiones paralelas, juegos de rol y críos en bicicleta, inevitablemente nos recordaba al trabajo de Spielberg (E.T., El Extraterrestre) o todo lo que ha derivado de él (véase Super 8 de J.J.Abrams), lo que de verdad hacía brillar a la serie eran sus personajes: inocentes, divertidos y con una dinámica grupal impecable. Y los hermanos Duffer, en su segunda visita a Hawkins, se han olvidado de eso.
