La mayoría de las veces vamos al cine para entretenernos, juzgar si la actuación de aquel actor famoso es de verdad merecedora de tanto aplauso, pasar un rato con nuestros allegados o - seamos francos - comer palomitas delante de una pantalla grande. Sin embargo, en muy pocas ocasiones entramos en una sala dispuestos a dar rienda suelta a nuestras emociones. No sólo nos parece incomprensible que exista gente que llore en el cine, sino que encima nos avergüenza porque creemos que eso es cosa de niños o de remilgados. Sin embargo, a veces fijamos la mirada en la pantalla - intrigados - y nos preguntamos cómo algo tan artificial como es una película puede llegar a despertar algo tan real como son las emociones... Cómo es que existen películas capaces de embarcar a algunos espectadores en viajes emocionales tan sinceros como es el de A Ghost Story, lo nuevo de David Lowery.
