Dejé de ver The Walking Dead porque me cansé de ella. Coincidiendo con un parón
a mitad de su segunda temporada, un por aquel entonces fiel espectador decidió
abandonar el barco y olvidarse de la historia de Rick Grimes y compañía: un
grupo de supervivientes que, día tras día, hacía frente a hordas de zombis
dispuestos a acabar con todo rastro humano que quedase sobre la faz de la
Tierra.
Sin embargo, conforme la sexta
temporada se iba acercando a su fin (años después de que yo la abandonase),
volví a sentir curiosidad por ella. Y es que, después de ver cómo la crítica
aplaudía todas y cada una de sus entregas, y de los ánimos que muchos me dieron
para que la volviese a ver, pensé que yo no podía ser el único seriéfilo que se estuviese perdiendo aquel
presunto festín audiovisual. Así que la retomé. Y menos mal que lo hice.
