jueves, 8 de marzo de 2012

Crónica Catastrófica de una Noche en el Cine (Parte II)




El otro día os describí un evento cuasi-apocalíptico que puso a prueba mi paciencia y que estuvo a punto de hacer emerger al psicocinéfilopata que llevo dentro.  Ahora os voy a contar el evento que lo consiguió.

Segunda Parte: Los Créditos finales
(y de cómo hacer que la venganza sea servida recalentada)

Hay ciertas conductas que deberían estar prohibidas en el cine.

Cuando vi aparecer los créditos finales de “El Topo”, una brillante película de espías que cuenta con unas interpretaciones magistrales y una ambientación excelente, se dibujó en mi rostro una enorme sonrisa de satisfacción: “Hoy ha sido un gran día de cine” - pensé.

Sin embargo, cuatro segundos después, estuve a punto de morder la butaca, gritar de furia y tirarme de los pelos por el desafortunado comentario de un simple adolescente que, claramente, no sabía valorar lo que es “el cine” y que, además, no tenía dos dedos de frente.

Ese necio adolescente se levantó de la butaca en el típico momento en el que todo el mundo sigue sentado contemplando los créditos finales, se empezó a poner el abrigo y dijo a voz en grito mientras dejaba emerger de su boca una risa de lo más forzada y sobrecargada de mofa: “Menudo coñazo, ¿quién ha elegido esta película?

En ese mismo momento, deseó no haber nacido.



Reinó el silencio, el chico miró al fondo de la sala y se dio cuenta de la absoluta metedura de pata que acababa de hacer. Apuesto mi colección de películas a que en ese mismo instante pensó: “Vaya, todo estaría siendo menos dramático si no estuviese sentado en la fila 4”.

Mis ojos, ante semejante comentario, se iluminaron con el fuego del infierno. Y, claramente, me aseguré de que este jovenzuelo los viese porque, siendo sincero, me haría sentir poderoso e intimidante.

Y los vio, antes de desviar la mirada y echar a correr de la sala (seguro que mis ojos no eran los únicos que tenían ese fuego del infierno).

Esta anécdota habría sido bastante poco sustancial para mi monótona existencia de no ser porque el mismo día que sufrí un infarto de miocardio yendo al cine con mis amigos [para conocer esta historia, haced click aquí], me sucedió exactamente lo mismo.

Y esta vez, el que habló era amigo mío.


Resulta que, al final de una película peculiar [de la que no os diré el nombre], este amigo mío le dijo a otro, con una ironía que sobrepasaba los límites de Seth Cohen, algo así como “Muy buena película ¿eh? ¡Muy buena elección!”.

Resurgieron los fuegos del infierno.

En condiciones normales no me lo habría tomado muy a pecho y, simplemente, me habría reído para mis adentros pensando: “La culpa de que una película sea ‘mala’ siempre se la llevará el que haya propuesto el plan o el que, simplemente, la haya sugerido”. Pero, dado el historial de catastróficos eventos que llevaba a la espalda, me lo tomé MUY a pecho.

Resulta que este tipo de comentarios me enfurecen muchísimo porque suelen ser fruto de la boca de, perdonadme la expresión, un "mandao". 

Es un hecho irrefutable que la gente tiende a ir al cine sin saber exactamente qué va a ver y, como se desentiende del tema y simplemente “va por ir”, si la película no alcanza sus expectativas, la persona que haya propuesto el plan va a sufrir las críticas de la película como si hubiese sido el director o guionista de la misma.

En esta ocasión, yo sabía que la película que iba a ver era una propuesta distinta y que era bastante arriesgada… Pero no me quejé. ¿Cuál es la finalidad? ¿Qué gano haciendo sentir mal al que ha elegido la película? Absolutamente nada (salvo hacer enfurecer al “elector” que, además, en este caso concreto había sido YO y no al que le estaban reprochando la calidad del filme).

Diréis: “Pues haberle dicho al ‘quejica’ que había sido idea tuya ir a ver esa película”. Y tendréis toda la razón en llamarme "cobarde", pero resulta que algo me hizo no defender a mi pobre amigo… Y menos mal que no lo hice.

Para empezar, mi termómetro de Intolerancia Cinematográfica estaba casi al límite así que decidí sentarme en un asiento del pasillo del cine, respirar despacio y con tranquilidad y esperar a que dejasen de hablar del tema porque, si hubiese comenzado a hablar, me habrían vetado la entrada al cine por la cantidad de maldiciones que habrían brotado de mi boca. Y, para terminar, algo me decía que no debía hacerlo.

Entonces llegaron las escaleras. Teníamos que bajar una cantidad aproximada de 80 escalones y, en el escalón Nº1, una integrante del grupo dijo “Es que no ha pasado nada en toda la película”, a la par que el anterior ingrato repitió: “Muy buena película ¿eh? ¡Muy buena elección!”.

Me tropecé con un obstáculo inexistente y ardieron, por segunda vez en menos de 10 minutos, los fuegos del infierno en mi interior, que casi me impulsaron a decir: "Te voy a meter el 'Muy buena película, ¿eh? ¡Muy buena elección' por donde buenamente te quepa, pesado". Sin embargo, no tenía la suficiente confianza con este caballero ni con la anterior damisela como para meterme con ellos o, simplemente, como para darles una apacible charla de lo que pasa o no pasa en las películas, de cómo funciona el ir al cine, de dónde buscar los trailers o críticas de las películas, o de mostrarles cómo las tramas de las películas no se reducen a besitos en la boca por parte de vampiros en celo con jovenzuelas repelentes.

Así que me callé.

Y llegó la guinda del pastel. A la salida del cine, bajo un frío insoportable, con la cabeza a punto de estallarme y aguantando la humareda proveniente del desgastado cigarrillo del amigo que había sido reprochado por la escasa calidad del filme, me enteré de que este fumador empedernido no me avisó de que habían ido al cine el miércoles.

LOS FUEGOS DEL INFIERNO. ¡Ya sabía yo que no tenía que defenderte, mequetrefe! ¿Así que ahora NO me avisáis para ir al cine? ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Es que el mundo se ha vuelto totalmente loco? ¿Planes de cine y no se avisa al más cinéfilo de todos?


No podía más: toda esta experiencia se estaba convirtiendo en un verdadero torbellino de catastróficos eventos

- Primero la discusión acerca de por qué The Artist no es “mala” por ser muda y ser en blanco y negro.
- Después tener que soportar que un miembro de mi propio grupo se comportase como aquel jovenzuelo ignorante de “El Topo”. ¿Qué pensarían los cinéfilos de la sala de mí?
- ¿Y finalmente enterarme de que mis amigos me hacen el vacío y se van al cine SIN mí?

Roland Emmerich, por favor llama al Fin del Mundo y que un meteorito me borre de la faz de la Tierra. 

Bueno, eso es bastante inaccesible… Creo que la única solución es empezar a ir al cine solo porque, entre unas cosas y otras, el cine en compañía últimamente sólo me trae desgracias...

Me gustaría concluir repitiendo lo que dije en la primera entrega de esta sección: "No es lo mismo". Claramente estas divertidas (aunque frustrantes) anécdotas no me habrían pasado si me hubiese esperado al DVD...

Jerry

2 comentarios:

  1. Cualquiera se atreve a ir con Jerry al cine jajaja

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