miércoles, 8 de octubre de 2014

Maldito Club del Libro: Noé, de la Biblia a la película


Cuando comencé esta sección, jamás habría pensado que me fuese a costar tanto escribir las entradas que la integrarían. Sin embargo, resulta más complicado de lo que parece compaginar el ver películas con leer las novelas en las que se inspiran… Sobre todo cuando eres uno de esos fieles seguidores de la serie Juego de Tronos que, encima, quiere leerse los mastodónticos libros antes de ver cada temporada. Tristemente, esta condición implica que los escasos momentos que tengo de lectura se los dedico, única y exclusivamente, a los relatos de George R.R. Martin. ¿Qué le voy a hacer, padre?

A pesar de todo, este año he ido a ver una película al cine basada en una conocidísima historia que prácticamente todos hemos leído o escuchado en algún momento de nuestro vida… Una historia llena de tradición que, además, forma parte de la Biblia: ese libro que, según la fe cristiana y judía, es la palabra de Dios.

En condiciones normales esto no sería ningún problema. Sin embargo, todos somos conscientes de la polémica que este estilo de filmes genera. Pasó con La Pasión de Mel Gibson, volvió a suceder con El Código Da Vinci y, para no fallar a la impuesta tradición, ha ocurrido con la versión de Noé que Aronofsky ha traído al mundo. Una historia que, como ya dije en mi crítica, es de lo más oscuro que he visto últimamente y, paradójicamente, de lo más azucarado del libro de los libros. Ante esto, no resulta disparatado pensar que quizás la falta de tapujos de Aronofsky para sacar a relucir esa oscuridad ha sido la llama que ha encendido la mecha de los reproches de los fieles. Un reproche que podría – o no – estar justificado. ¿O es que la película de Aronofsky no es fiel a su relato?


Para poder tener una opinión firme sobre si este filme se desvía mucho de la historia original de la Biblia, decidí consultar un interesantísimo libro llamado Comprender las Escrituras. Curso completo para el estudio de la Biblia (The Didache Series), en el que se nos explica, capítulo por capítulo, el contenido de la sagrada escritura. Sólo así podría afirmar si lo que nos cuenta el ahora épico Aronofsky tiene más de blockbuster que de sagrado.

Si retrocedemos en el tiempo, y como muy bien me enseñaron de pequeño en el colegio, el mundo fue creado por Dios (en el filme muy acertadamente  llamado, para evitar conflictos, “Creador”) en 7 días y 7 noches: una semana en la que puso en la Tierra el agua, las plantas, los animales y a los primeros humanos, llamados Adán y Eva. Sin embargo, y obligándoos a que veáis el segmento de la película en el que se describe cómo fue la creación, los primeros hombres pecaron al comer el fruto prohibido, fueron expulsados del Jardín de Edén, y arrastraron su culpa de generación en generación. Tanto es así, que su propio hijo Caín, consumido por una malsana envidia que le impedía respetar la bendición de su hermano Abel, terminó asesinándole. Sangre de su sangre. Mal con mal. La vileza se alimentaba de los primeros hombres y el Creador, sin abandonar en ningún momento a Caín, terminó desterrándole a la tierra de Nod (que significa “deambular”).


Fue en Nod donde Caín comenzó a tener descendencia: una descendencia que destacó por desafiar, una vez más, al Creador. Su primer hijo fue Henoc, al que le siguieron otros muchos hasta la llegada de Lamec, quien no sólo puso en duda el santo sacramento del matrimonio teniendo dos esposas, sino que además se rodeó de un puñado de seguidores que se dedicaron a conducir al mal a su máxima expresión por medio de guerras y sangre. Sangre de su sangre. Sangre del creador.

Sin embargo, Adán y Eva tuvieron un tercer hijo: Set, quien, para intentar compensar la balanza del bien y el mal, comenzó con un linaje que destacó por el culto a la gloria del Creador, sin estar por ello exentos del pecado que los primeros hombres habían adquirido al comer el fruto prohibido. Inevitablemente, los descendientes de Caín se entremezclaron con los de Set: reproduciéndose así el mal en el mundo. Un mal que había que extinguir. ¿Cómo? Con Noé, descendiente de Set.


Hasta aquí, la adaptación de Aronofsky, como podréis comprobar, es extremadamente fiel a la historia original. El filme pone los cimientos de la tradición religiosa con extrema exquisitez en todas y cada de las referencias que, a lo largo de su duración, inundan la trama. Por lo tanto, ahora sólo nos queda conocer hasta qué punto la odisea de Noé es o no como se nos contó.

Considero que tenemos que empezar por el elemento más pintoresco del filme: los gigantes. Cuando un espectador corriente como yo ve a esos monstruos de piedra en la gran pantalla, es normal llevarse las manos sobre la cabeza. ¿De verdad en la Biblia había “gigantes”? Pues, señores, os sorprenderá saber que sí: en el Génesis (Gn. 6:4, justo antes del diluvio) y en Números (Nm. 13:33) se hace referencia a los “Nephilim” (o “gigantes”). Sin embargo, y como cabía esperar, no queda del todo claro su origen (es más, en el Génesis su mención es bastante ambigua). Por lo tanto, el detalle de la película de que estaban revestidos por piedra y de que, en realidad, albergaban en su interior a ángeles que cumplían un castigo, parece un poco improvisado. Sin embargo, se reconocen dos posibles interpretaciones sobre el origen de estos “gigantes” y, así como una de ellas simplemente les atribuye el papel de descendientes de Set, otra, basada en escritos muy antiguos, afirma que en realidad estos “gigantes” eran, efectivamente, ángeles.


Por otra parte, las intervenciones de Matusalén y de Tubal-Caín en la Odisea de Noé, a pesar de no ser específicamente mencionadas en la Biblia, no dejan de ser herramientas muy apropiadas para apoyar la historia que se está trasladando a la gran pantalla. Matusalén, tal y como dice la Biblia, era descendiente de Set y abuelo de Noé, por lo que el consejo que el protagonista busca al ir a verle parece razonable. Además, si tenemos en cuenta que Tubal-Caín es el último descendiente que menciona la Biblia del asesino Caín, resulta totalmente comprensible que aparezca en la trama como la némesis de Noé, pues no deja de ser el fruto final de la descendencia del pecado llevado a su máxima expresión: aquello por lo que Noé lucha. Estos dos personajes, que a muchos pueden no parecerle trascendentales, funcionan – muy acertadamente – como las representaciones de los dos linajes que descienden directamente de Adán y Eva: aquel que aún se deja influir por la gloria del Creador y aquel que sólo busca su propia gloria.

Dentro de este dicotómico conflicto, también encontramos a la familia de Noé. Poco hay que decir de ella salvo que, en contra de lo que las Sagradas Escrituras dicen, Aronofsky decidió añadir un toque dramático al privar a dos de los hijos de Noé a llevar mujeres en el arca. Según cuenta la Biblia, los hijos de Noé subieron a la nave con sus respectivas mujeres y, sin embargo, en la película no sólo vemos cómo Hermione Granger es la única afortunada, sino que además presenciamos la máxima expresión de la intimidatoria sangre fría que muestra el cabeza de familia hacia la desgraciada elegida por Cam. Podría considerarse que Aronofsky metió mucho la pata al dejar en evidencia la supuesta – y, obviamente, no presente en la Biblia - ausencia de compasión de Noé, pero si nos paramos a pensar en el destino que se forjará Cam, este pequeño detalle no es más que una introducción (o justificación) al tonteo posterior que se marcará el joven Cam con las fuerzas del mal y la arrogancia. Un tonteo que, eventualmente, llevará a sus descendientes a ser los protagonistas del primer desafío post-diluvio de los hombres hacia la autoridad del Creador: la construcción de la Torre de Babel.


Finalmente, no podemos concluir esta entrada sin hacer hincapié en la figura de Noé. Supongo que muchos espectadores habrán criticado la imagen que da Aronofsky del que fue escogido por el creador para depurar la Tierra del mal, pero, aunque su crudeza pueda resultar en ocasiones molesta, ¿acaso Noé no era una persona de carne y hueso? ¿Acaso os parece fácil la tarea que el Creador le encomendó? Recuerdo que en la película había una escena en la que, en pleno diluvio, se observaba cómo el arca avanzaba por el mar mientras miles de personas flotaban en las oscuras aguas gritando y pidiendo auxilio… ¿acaso no es normal que Noé pierda el norte al estar abandonando a toda la raza humana y al estar permitiendo que todos ellos mueran ahogados? ¿Acaso alguien no enloquecería?

El clímax del filme, alcanzado en ese encierro al que tiene que someterse Noé con su familia mientras las lluvias del Creador inundan la Tierra, nos pone de manifiesto el desolador desmantelamiento de la cordura de Noé, la desesperación y desasosiego de los familiares, y la comprensible conducta alcohólica que, tal y como dicen las escrituras, desarrolla el protagonista al pisar tierra firme. ¿Qué persona humana, a pesar de estar siguiendo las órdenes de su Dios, sería capaz de vivir con la conciencia tranquila después de esos eventos? ¿Alguien?

Después de este intenso análisis, no me queda más remedio que reafirmar mi postura respecto a la película y, ahora sí que sí, defender a capa y espada esta trabajadísima adaptación de un relato tan difícil como polémico que, sin embargo, es – digan lo que digan – espectacular.


Albertito.

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