viernes, 22 de septiembre de 2017

CRITICA | Detroit


Lejos de querer posicionarme sobre si el triunfo de títulos como 12 Años de Esclavitud (Steve McQueen, 2013) responde más a la llamada de una minoría no representada por los muy cotizados premios de la industria que a su verdadera valía como "película del año", sí me atrevo a afirmar que la indudable, esperada y justísima protagonista de lo que llevamos de año ha sido una: la mujer. Desde el potente toque de atención al género de superhéroes - y a la academia de cine en general - de Patty Jenkins con su Wonder Woman (2017), y pasando por el absoluto triunfo de la mujer en los premios Emmy con series tan relevantes como Big Little Lies, Veep The Handmaid's Tale (todas ellas protagonizadas y, en su gran mayoría, dirigidas o producidas por mujeres), no es de extrañar que el año no pudiese terminar sin el estreno del nuevo trabajo de una de las cineastas más influyentes de Hollywood: Kathryn Bigelow.

Con Detroit (2017), Bigelow, después de haber dirigido largometrajes tan famosos como En Tierra Hostil (2008) y Zero Dark Thirty (2012), se ha vuelto a subir al carro de la reivindicación con una propuesta que no sólo fortalece la posición de la mujer en la industria por el fantástico trabajo que ella misma ejerce detrás de las cámaras, sino porque, además, con ella Bigelow mete el dedo en la llaga de los terribles actos racistas de los cuerpos policiales de Estados Unidos del último año, cuya divulgación y repercusión mediática ha sido indiscutiblemente mayor este año.

Curiosamente, para conseguirlo, la directora de Le Llaman Bodhi (1991) ha decidido viajar al pasado y ahondar en los disturbios acontecidos en el año sesenta y siete en Detroit (Michigan), durante el llamado "largo y caluroso verano de 1967": un estío en el que se dieron hasta 159 disturbios de carácter racial en distintas ciudades de Estados Unidos. Concretamente, los de la ciudad del estado de Michigan - uno de los más duros de todos - comenzaron con el desalojo de un club privado y terminaron con incidentes tan despiadados y polémicos como el del Motel Algiers: el epicentro de la película de Bigelow.

El filme, pese a superar las dos horas de duración, está rodado a un ritmo perfectamente cronometrado que permite contextualizar la trama, conocer a sus personajes y alcanzar el desenlace de la historia sin transmitir prisa, torpeza o pesadez. Es más, pese a tener un arranque convencional, Detroit es un continuo crescendo que, con cada minuto que pasa, gana credibilidad y realismo, llegando a producir desazón, incredulidad y hasta malestar por lo escandaloso que resulta todo lo que se ve en pantalla. Y aunque esta capacidad para despertar la emoción del espectador se debe en gran parte a la capacidad de Bigelow para rodar una película, la contribución del elenco a la causa es innegable: desde un John Boyega (Attack the Block, Star Wars: El Despertar de la Fuerza) más convincente que nunca, hasta un terrorífico Will Pouter (El Renacido) que no me extrañaría se ganase alguna nominación en la próxima temporada de premios. Con esto y una historia, ya no sólo de carácter reivindicativo, sino basada en hechos reales, Detroit se convierte de inmediato en un ejemplo de buen cine y en una de esas películas sumamente interesantes para jóvenes como yo que desconocen la historia de la por entonces minoría de color de los Estados Unidos de América.

La llamada tierra de las oportunidades y la libertad.



Jerry
Imagen vía Collider

1 comentario:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...