Hace tiempo tuve una novia a
la que decidí llevar al cine porque, ir al cine (digan lo que digan las asquerosamente
malditas comedias románticas), es el típico plan de novios. Yo quería presumir
de ser alguien en la vida: soy maduro, moderno y sé dónde llevar a mi ingenua
novia, ¿vale?
Por aquel entonces, yo rozaba
la mayoría de edad y comenzaba a ser un forofo del Séptimo Arte. Aunque,
atención, quien dice forofo se
refiere a ese tipo de personas que presume de amar algo cuando en realidad no tiene
ni la más remota idea de qué es exactamente lo que tiene que ser amado (sí, yo
tengo mi propia RAE: así me las gasto en mi tiempo libre).
Ante esta desconocida
ignorancia, yo no apreciaba aún la oscurísima cara oculta de las críticas de
cine y, asquerosamente seguro de mí mismo, escogía la película según el número
de estrellitas que algún crítico de algún periódico de alguna comunidad
autónoma le otorgase. Sí, sí, sí: pura genialidad.
Asi que elegí una comedia indie. Yo no tenía ni puñetera idea de
lo que era una maldita película indie
pero, ¡qué demonios!, sonaba muy cool
y probablemente sería la elección perfecta para sorprender a mi chica.
Sí, señores: quería
sorprenderla porque no sabía con qué narices sorprenderla. El perfil de novio
que ella se estaba dibujando en su joven mente era la de un inseguro patán
carente de iniciativa que se limitaba a recurrir a un mismo plan día tras día para
después volver a casa con un miserísimo beso robado. Maldita sea la jodida* pubertad y la maldita ignorancia
cinematográfica.
Lo consulté con ella y la
pobre, fiándose plenamente de alguien que alardeaba de saber de cine aunque no
resultase extremadamente convincente en otros terrenos de la vida moderna, accedió. Y ahí comenzaron los
problemas.